Vie. May 24th, 2024

El crítico culinario de ‘Ratatouille’. Anton Ego, un crítico culinario cuya última reseña le costó una de sus cinco estrellas al restaurante de Gusteau, anuncia que volverá al día siguiente
Anton Ego: es un crítico gastronómico severo, elitista y extremadamente exigente, que con una sola mala reseña en el periódico puede llevar un restaurante a la bancarrota.

(aunque el ratatouille les parecía una idea que no iba a servir al ser un plato campesino). Él queda pasmado por el plato, tanto es así, que el sabor, le evoca recuerdos de su niñez cuando su madre le cocinaba ratatouille. Inmediatamente pregunta si puede ver al chef. Lingüini y Colette esperan que los demás clientes salgan del restaurante para presentarles a la rata Remy. Al día siguiente, Ego escribe una emotiva reseña, declarando a Remy el «mejor chef de Francia».

En el desenlace, el restaurante de Gusteau es cerrado por el inspector de sanidad y por Skinner, porque los liberaron del almacén y se chivaron. Ego pierde su trabajo y su credibilidad como crítico culinario por elogiar un restaurante infestado de ratas. Sin embargo, funda un nuevo restaurante con Lingüini y Colette, con áreas exclusivamente para humanos y ratas y una cocina hecha para que Remy continúe cocinando. La película finaliza con una toma fuera del restaurante, mostrando una multitud de personas haciendo fila para entrar y el cartel del nuevo restaurante que muestra a una rata con una cuchara de cocina y un sombrero de chef y con el nombre de: «La Ratatouille».

El «confit byaldi» que Remy prepara en la película, resulta ser una variación del ratatouille.

La ratatouille (pronunciación francesa: [ʁa.ta.tuj])1 es una especialidad regional francesa elaborada con diferentes hortaliza proviene de Niza y más en general de la región de Provenza (sureste de Francia). Su nombre completo es ratatouille niçoise2 (en español: ratatouille nizarda) y proviene del occitano ratatolha.
Consiste en guisar tomates, ajo, pimientos (poivrons), cebollas, calabacín (courgettes) y berenjenas (aubergine), en proporciones variables y cortados en trozos, en aceite de oliva. Se pueden cocinar las hortalizas todas juntas o por separado; algunos cocineros dicen que deben prepararse por separado y luego cocinarlas todas juntas en su fase final, y existen recetas en las que se determinan secuencias concretas de preparación de cada hortaliza.

Se aromatiza con las llamadas hierbas provenzales (tomillo, romero, orégano, laurel, mejorana, albahaca, entre otros).

Como muchos platos de verduras guisadas, suele adquirir mejor sabor si se deja reposar algún tiempo o si se recalienta. El plato puede quedar en el refrigerador durante varios días. Es tradicionalmente un plato de verano, temporada de maduración en Francia de las hortalizas que la componen, pero se ha convertido en un plato frecuente a lo largo de todo el año.

La ratatouille se suele servir como guarnición de algún plato de carne o pescado. Se puede servir frío o caliente, al gusto del comensal. A veces se emplea la ratatouille como relleno o acompañamiento de la tortilla francesa.
En Castilla-La Mancha, en España, existe un plato autóctono denominado pisto. Dependiendo de la zona, varía algún ingrediente o forma de preparación, pero la base es muy parecida a la del plato francés. En Cataluña, se conoce un plato parecido llamado samfaina, utilizada también como guarnición o sola, acompañada de patatas fritas o arroz. En Mallorca, un plato similar es el tumbet, consistente en freír en aceite de oliva, las berenjenas, el pimiento rojo, ajo, patatas y, en algunos casos, calabacín, y regarlos finalmente con tomate frito.

Existe también una versión de este plato en Malta denominada kapunata. La kapunata se elabora con tomates, pimiento verde, berenjena y ajo, y acompaña a los platos con pescado.

En el sur de Italia, también hay un plato llamado ciambotta que se prepara con patatas hervidas, berenjenas, tomates y pimientos, al que se pueden añadir otros ingredientes según la región.

Ratatouille (pronunciación AFI: [ʀataˈtuj]2 ) es una película estadounidense de animación por computadora producida por Pixar Animation Studios y estrenada el 29 de junio de 2007. Es la octava película producida por Pixar y fue dirigida por Brad Bird, quien se hizo cargo de la dirección tras la salida de Jan Pinkava, en 2005.

La película narra la historia de una rata que sueña con convertirse en chef y para realizar su objetivo, decide hacer una alianza con el hijo de uno de los cocineros más prestigiosos de París. Fue un éxito de taquilla y recibió críticas positivas, además de ganar el premio Óscar a la mejor película de animación, entre otros premios.

 En referencia a una pequeña reflexión que tuve con un ser querido sobre el mundo de la crítica, me he dispuesto a comenzar todas mis críticas con la frase: “Esta es mi opinión hoy y en este momento de mi vida”. Con esto no pretendo más que hacer un pequeño “parón” al lector de la crítica, y a mí mismo, sobre la importancia de expresar, y recibir, una opinión abierta a cambios (del mismo modo que sucede en la vida).

Muchas veces he visto películas que detestaba y ahora me encantan, y viceversa claro está. También sé que muchas veces no se comprende lo que se ve en pantalla (o en un libro, una obra de teatro…), ya sea por las experiencias vividas y por el día que lleva el que opina sobre la película (días buenos, malos, aburridos, felices…). Me gusta pensar que si leen mis críticas es porque puedo ser una opinión “fiable” y no académica pero ¿qué es fiable? ¿Qué es académico? ¿Nos conocemos acaso? A veces leo opiniones de películas emitiendo, más que opiniones, complejos del propio crítico. Eso me hizo parar a pensar “¡hey, yo no quisiera hacer algo así!”. Y probablemente lo haya hecho más de una vez… soy humano.

El mundo del cine es lo que me apasiona en esta vida. Lo llevo estudiando por mi cuenta desde antes de los ocho años (el cine solo se estudia viéndolo) con fascinación y agradecimiento y, hoy día, a mis 20 años, sigue siendo el centro de mi vida académica en la universidad y en diversos sitios más donde he trabajado. Le dedico mi ser, mis ganas y mi vida, que es realmente lo único que tengo.

¿Por qué contarles esta barata apertura sentimental? Quizá para que comprendan lo mal o triste que me siento al ver cómo muchos de los que aprendemos y vemos cine olvidamos que una historia no es mera estructura, meros actores, meras imágenes o meros ritmos. Todos tenemos nuestros gustos y no a todos nos emociona lo mismo. Lo que antes no te emocionó puede emocionarte hoy y lo que no te emociona hoy, puede emocionarte mañana.

La cuestión es que, más allá del desarrollo de la opinión propia de cada uno, a los críticos se nos otorga un poder llamado “confianza”. Confianza en el criterio del que escribe, y eso es algo bellísimo. Poder gritar mi opinión ya sea en radio, en diarios digitales como éste, en blogs… ¡hablar sobre cine, arte y demás! ¡Saber de lo que se habla no es nada de lo que avergonzarse! Pero como todo lo bueno a veces se corrompe… ¿Dónde empieza el ego del crítico y donde acaba el niño que quiere disfrutar en una sala de cine? Los críticos deberían ser transmisores de su opinión en vez de defensores de su “buen” gusto y ¿sabéis que Picasso dijo, con toda razón, que el mayor enemigo de la creatividad es el buen gusto?

No pienso que todas las críticas deben ser buenas; cuando uno siente que ha desperdiciado el dinero y el tiempo en una película no está mal soltar algo de tensión, pero nunca hay que olvidar que el crítico analiza una obra (que a lo mejor él no entiende debido a una serie ilimitada de prejuicios académicos sobre el arte y el cine) sentado tranquilamente en una sala de cine. El ego que cimenta los muros al crítico puede ser tan grande como la prisión en la que vive. Este tipo de crítico se sienta en la sala pensando que todo el mundo le debe respeto y consideración y algunos (como es el caso de Cannes) abuchean las películas.

Hay poco que opinar sobre eso, ya que la educación de algunos es inexistente… pese a esto, el crítico egocéntrico olvida dos cosas: una, el que tiene más criterio de cine es el que no sabe tanto de estos mundos porque solo ellos pueden decidir si los trucos del autor existen, no existen o si les han hecho creer en su magia. Y dos, el cine sin corazón es igual que una vida sin alegría. El que se sienta duro como una piedra en el cine a que le emocionen porque es el “deber” del autor o de la película se llevará, igual que en su vida imagino, una dura sorpresita: el mundo no gira alrededor de su figura. El ego es cómodo (en apariencia) y cobarde. El mundo no nos debe nada, solo nosotros podemos cambiarlo (de ahí que nuestro ego nos haga creer fuertes cuando en realidad nos podemos estar portando como unos débiles incapaces de asumir nuestros actos por ser “uno mismo”) y por eso una película, un libro ¡incluso un hombre o una mujer! solo es bueno o malo dependiendo de la subjetividad del que mira.

Con muchísima pena por aquellos que de “tanto que saben” de cine han dejado de soñar en una sala y con la esperanza de ser mejor en mi desempeño en esta sección de cine, me gustaría daros un aconsejo, ya que habéis leído hasta aquí, y es que solo vayáis a disfrutar al cine. Si lo hacéis, queridos críticos, no dudéis en contarnos el motivo y si no habéis disfrutado compartidlo también. La vida real ya duele lo suficiente como para llevar los pesos del egocentrismo barato a una sala de cine. Cuando el cine nació la gente se asustaba muchísimo y se reía a carcajadas dependiendo del filme que visionaba y os aseguro que era con muchísimos menos medios que de los que disponemos ahora. Olvidemos eso y el cine morirá. Recordémoslo y comprenderemos que el cine no es más que (en palabra de Méliès) la fábrica de sueños que siempre ha sido y que, con su ayuda, señor crítico responsable, dueño de su vida y sus palabras, seguirá siendo.